A veces siento que debería pedirte perdón,
-a pesar de lo reprobable que puedas encontrarlo-,
para que me disculpes
la gente de sobra,
los
silencios incómodos,
los
ojos inquisitivos,
la
risa sin razón.
A veces me encantaría
tener el tiempo que ameritan los
besos largos,
para conocerles la distancia y confines,
asumirles incluso
andrajosos y
desbanquetados,
quitarles el
tacto oponible que todavía no siento yo.
A veces me gustaría
no ser la ausencia que soy,
ni divertirme divagando con tu ceño fruncido y tu sien complicada;
ni deberte sueños,
ni caracolas,
ni razón.
A veces me gustaría pronunciar tu nombre con los ojos secos.
–
Me gusta tanto el mío en tus labios-
Y comprender cómo hacen las felicidades
Para esconderse en coincidencias tan pequeñas e insignificantes
como los roces debajo de la amohada
Me gustaría, -a veces-
Dejar de escribir
Y empezar a hablarte o dejarme sentir.
-
Para la gente como yo es siempre tan complicado-
Decirte lo que te pienso
Cuando “
todo está bien,”
O cuando soy tan ausente y
despreferible,
Cuando te tengo miedo
Y cuando me esfuerzo vanamente por no cargar con mi ausencia.
A veces, sólo a veces,
pienso en que debería pedirte perdón
por las complicaciones y formulismos que me constriñen la paz y los labios;
Por las dudas que me quedan
tras tus verbos alcoholizados y tus
advertencias de Messenger;
-
Tras tus promesas posteriores a la errata,
tras mi tristeza indiferentizada,
me queda poco menos que el nudo en la voz-
A veces quisiera jurarte
que detrás de quien soy, soy quizá la de siempre.
La que no se inexiste,
ni se ausenta,
ni se insomnea sin razón.
La que está,
y ríe,
y ama,
y llora.
La que no miente,
ni desplanta…
la que no pide perdón.
Pero a veces,
-sólo a veces-
quisiera pedirte perdón por ser
Yo.