que ya ni me sabe la sangre de los labios
-inserte aqui la entrada definitivia-
De pronto tengo la vida tan plena y tan incierta, que me da miedo. No sé en qué punto terminé parada en donde estoy, cargando estos pesos en mi espalda y sobándome las coyunturas de las alas. He aprendido –como nadie- que hay que tener cuidado con lo que se quiere y se pide –TODO lo que se quiere y se pide-, pues se corre el riesgo de obtenerlo básicamente en bandeja de plata.; que hay que pensar las cosas tres veces, más aun cuando implican a personas que amas; que mirando en retrospectiva todo tiene solución, y que veinte años no es nada. Esto no quiere decir, en lo absoluto, que entienda yo los motivos obscuros que mueven las fuerzas del Universo; los planes divinoides que rigen las cosas; el afán del destino de gozar y joder en intérvalos irregulares.
Estoy parada aquí, en medio de la nada; un ala rota y la otra erguida; un ojo turbio y el otro resplandeciente de fe. Estoy parada aquí, donde quizá yo quise encontrarme. Conforme con mi suerte e irritada con mi afán.
He crecido tanto. Soy y tengo tantas cosas que me faltaban. Puedo con tanto más ahora, que me sorprendo de mi talla tan pequeña. Tengo tantas ganas de escupirle a –él- mundo que soy capaz de lo entonces inimaginable que si no fuera por el miedo a insostener mi palabra, ya habría empeñado en mi empresa hasta la última molécula de mi ser.
Estoy aquí, caray, incierta. Sin saber qué quiero o si quiero, si he perdido o gané. Supongo, entonces, que no pueden tenerse respuestas. Que no hace falta estar en un lugar específico o en una determinada condición. Quizá, entonces, “estoy” –a secas-; quizá, entonces, “existo”; quizá, llanamente “soy”.
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Me falta vergüenza para robar las letras des-rimadas de una mujer vampira. No es que me des-sorprenda el dolor que le causen las balas solitarias que han engreído nuestra tierra, pero estoy acostumbrada a des-apreciar cualquier cosa que me descontente.
Es casi una pasión y por nada una descostumbre. Disgusto del afán de tantos de la publicidad más vana. La juzgo –dirán algunos- mas no la condeno (¿Quién podría condenar tanta pus y tantas yagas?)
He concluido en llamarle “el hombre del defecto”. No lo digo -quede claro- por la plata prematura que le enmarca las sienes, ni por la altura incómoda, los brazos delgados, o la mancha del sweater que llevó al salón.
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-Homo homini lupus-
Hay frases que circulan de boca en boca, patéticamente. Se le ocurren a algún guionista de Televisa, y se multiplica como conejos en las gargantas y psiques de todos los intelectualoides conductores de televisión. Las repiten –casi- con anhelo febril de que se conviertan en realidad, y en pauta de vida para los pobres mexicanos televidentes.
Sin embargo, “lo alarmante” “el problema” no es “que perdamos la capacidad de asombro”. La capacidad de asombro no tiene ninguna consecuencia relevante, en términos reales. No representa sino una consecuencia moral; una lamentación en el plano humano, y por tanto subjetivo de la población. La capacidad para asombrarse no debe de ser factor de relevancia para que la autoridad haga o no su trabajo. El hecho de que seamos un pueblo de insensibles, o uno de nenes llorones, no debe ser obstáculo ni aliciente para que se aplique y ejerza la ley.
Mientras, que no me vengan con moralismos de que lo trágico y resaltable de nuestras recientes desgracias es que hoy nos interesa menos la vida de los otros. Ahora resulta que a alguien se le ocurre decirlo, y ya todos traen como novedad que la muerte ajena nos importa un bledo. No seamos hipócritas, ¿Cuándo nos ha importado más que eso?
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¿¡¿¡¿¡¿¡¿¡Se fijan que la foto está a COLOR¡??!?!?!?!