Yo fui muy feliz con usted. -Definitivamente, más de lo que pensé que sería-. Sentí cosas increíbles, que -debo confesarlo- jamás pensé sentir.
Yo fui muy feliz con usted, joven… y ciertamente me habría encantado cambiar ese tiempo verbal tan finito y augusto por un eterno y jovial conjugacional.
Sin embargo no es así. Pues no están sus letras, sus palabras, ni sus amores, para lisonjearme ni la paz, ni la esperanza; ni están sus desvelos para clavarse en mis ojos, ni sus futuros para andar tras de mi.
Yo lo comprendo, joven… y no obstante la daga en el pecho y la sangre chorreante, digna e intrépida lo invito a partir.
Créame, mi amor extinto, que no serán mis ruegos quienes lo aten a esta tierra; ni mis suspiros estrellados en sus sordos oídos los que lo inciten a mirar atrás.
Yo, a partir de hoy, pensaré en usted como se piensa en un buen recuerdo; como se ocurre una travesura de liceo; como se añora un tiempo mejor.
Pensaré en usted, -definitivamente-, y recordaré los momentos tan variados y felices que enmarcaron nuestros días; y tras traerlo a mi mente, lo sacaré de mi corazón… usted, -ya entero, vengativo, y arrogante-, me mirará con el rabillo del recuerdo y evocará lo peor.
Yo… yo ya no le lloraré. Y, ciertamente, tampoco le perseguiré el desamor por el filo de la lengua; ni esperaré que su gracia se pose en mis labios, ni su pasado me arrulle al soñar.
Yo desearé, -entre tantas cosas- que sus desplantes y desquicios sean tan verídicos como el dolor que usted me causa; y que jamás pretenda volver sobre sus pasos, ni se arrepienta de su actuar.
Deseo, joven, sinceramente, ser yo para su olvido el aperitivo de media tarde; para su recuerdo una confesión incómoda; para su desgracia un punto toral.
Créame, -por favor- que lo deseo con el alma… pues si volviesen sus ruegos a arañarme los talones sería infinita su penuria y perpetua su adversidad.
No tendría lugar en mi seno la más mínima consideración por sus manos dobladas; ni gotearía –en lo absoluto- su amor resurgido, del lagrimal de mi paz.
Sería usted, joven, un perdedor mediocre y un infortunado exiguo, que teniendo mi redimido amor a sus pies rendido, vengó la muerte de su orgullo, a costa de la más mesiánica felicidad.
Séase así, mi amor extinto, y viva usted su desprecio con el fervor que lo incite su serenidad.
Pero sépase usted advertido y resignado, de que si lo trajese a mi puerta el arrepentido anhelo de buscar mis labios, no encontraría en ellos más que daga, vacío y final.

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