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lunes, 25 de agosto de 2008

Terror

Ese hombre me aterroriza. Causa en mí una impresión tan grande, que me obliga a prender la luz a mitad de la noche para exorcizar su rostro de mis pesadillas. Me trae dando vueltas por la geografía de las sábanas, y me horroriza el poder que tiene para partirme el sueño en todos los fragmentos de los que es capaz su voz.

Me sobrecoge. ¡Me aterra! Puede llevarme a la mortandad del vulgo con una sola flexión del índice de su diestra; y volverme una mujer tan despreciablemente ilusionada, capaz de sepultar descanso y primacías para soñar con su amor.

Tiene su nombre embrujo tan grande, que es capaz de secuestrarme la voz para alabarle circunstancias y coincidencias; y llevarme al borde del llanto solamente por no entender el amor.

¿Cómo no puede temérsele a ser tan horrorífico y espeluznante? Dueño de poderes paganos hechizantes y de fuerzas sobrehumanas, que desarman a los seres como yo.

¡Temerosa! ¡MORTAL! ¡Presuntivamente enamorada! Confinada al rincón seguro que me da el mutismo y me quita su mirada, tan mujer y tan niña, tanto gozo y terror.

Ese hombre. Su voz. Su piel. Su mirada. ¡Qué temor tan absurdo, y qué desesperanza tan magna! ¡Qué terror tan augusto! ¡Qué afable penar!
Hasta aquí te escribo.
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